Tengo los zapatos sucios
En la sala de espera del dentista
las revistas de moda se amontonan
en la mesa baja de cristal.
Las paredes están cubiertas
con fotografías de seres humanos
que tienen una dentadura de piezas
blancas y perfectamente alineadas.
Corremos el riesgo de tener todos
la misma dentadura.
Acabo de repasar los mensajes
en el móvil y las tareas pendientes
en este cuaderno. Todo es posible.
Todo está hecho. Todo está por hacer.
Un hombre mayor, ayudado por un bastón,
cruza la calle al otro lado del ventanal.
Se escuchan los motores de los coches,
los chillidos de las gaviotas,
las turbinas de los aviones que,
suspendidos en el aire,
se acercan al aeropuerto que está
en las afueras de la ciudad.
Una mujer de edad incierta
se sienta frente a mí,
saca un paquete de pañuelos
de papel del bolso y bosteza.
Lleva el pelo recogido en un moño alto.
Tiene un perfil bonito.
Sus manos son delgadas y están plagadas
de pequeños léntigos oscuros.
No lleva anillos. Cuando me mira,
descubro que sus ojos son claros.
Buenas tardes, dice casi en voz baja.
Buenas tardes, respondo.
Tengo los zapatos sucios.
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